domingo, 15 de diciembre de 2013

Tom Wolfe reivindica la calle y Alfonso Armada arremangarse y decapar la realidad


Las entrevistas a Gay Talese, Tom Wolfe, Jon Lee Anderson o Leila Guerriero son frecuentes en los diarios españoles. Entrevistas siempre interesantes. Siempre de imprescindible lectura. Siempre con reflexiones nuevas. Hace unas semanas Ramón Lobo entrevistaba a Leila Guerriero en Jot Down. Hoy David Morán hace lo propio con Tom Wolfe en ABC. ¿Por qué no hay más entrevistas de este tipo a periodistas españoles? Siempre me asalta la misma pregunta.

Wolfe reivindica, de nuevo, la calle:
Después de la Segunda Guerra Mundial todas esas cosas como el realismo mágico llegaron a la literatura americana. Y ahora tenemos la novela psicológica, con autores mirándose a sí mismos en vez de salir a la calle, donde están las historias de verdad, y hablar con la gente. O las memorias. A la gente le encanta escribir sobre las mujeres que ha seducido o los crímenes que ha cometido, pero nunca hablarán de sus propias humillaciones, que suelen ser el 75% de la vida de cada persona. Para mí, el realismo es lo que realmente te conecta al lector. ¿Sabes qué? No puedo leer una novela de Stephen King, porque en cuanto algún personaje empieza a caminar por el bosque oyendo voces y aparecen artefactos maléficos, me pierde.
Y a la calle ha salido Mateo Balín para escribir el reportaje “Bienvenidos al gran supermercado de la droga”. Así arranca este texto, que publica ABC:
Allí estaban el electricista con el tajo en el maletero de la furgoneta, un castigado jubilado de 75 años y su joven acompañante, el motero funcionario que llega de un ministerio, una pareja de veinteañeros en su Mercedes de 30.000 euros; y el hijo descarriado de una familia bien que lleva nueve días sin dormir.
De otro poblado escribe también Roberto Bécares en El Mundo. “Los últimos días de El Ventorro”. El primer párrafo nos introduce en este lugar:
Una gallina picotea entre desperdicios al lado de una furgoneta cuyos mejores años pasaron hace mucho tiempo. En el suelo se acumulan plásticos, botellas, latas, papeles... A pocos metros, los hierros de un coche calcinado marcan el incio de la zigzagueante calle principal del asentamiento de El Ventorro, levantado sin orden ni concierto hace 30 años entre Villaverde y Getafe.
Martín Mucha, en las páginas de este mismo periódico, reconstruye “La vida sencilla de la mallorquina que ganó el premio histórico”. Destaco el ritmo narrativo de este texto.

Y de texto narrativo a fotografía narrativa. Sin salir de El Mundo., el suplemento El Cultural reseña la exposición de Nicolás Muller en la Sala Canal de Isabel II. Dice Rocío de la Villa en dicha reseña:
Afilando la guadaña. Hungría, 1935 © Nicolás Muller
(…) como se descubre en el itinerario cronológico planteado descendiendo desde la planta superior, el judío errante que hasta entonces había sido Muller moldeó desde sus inicios su mirada a enfocar con honestidad y respeto la vida de los desfavorecidos, las manos de los trabajadores en el campo y en los puertos, los hábitos de las mujeres humildes y las aglomeraciones en las fiestas populares. En ese sentido, es innegable la oportunidad de la exposición ahora, cuando en el torbellino de la crisis económica, los españoles volvemos a preguntarnos quiénes somos, que es tanto como preguntarnos quiénes fuimos.
En El País, Luz Sánchez-Mellado perfila a Cristina Cifuentes con el texto “La delegada vuelve a la carga”.
Vilipendiada en las redes sociales, guarda en dos carpetas insultos irreproducibles por si alguna vez los denuncia, pero también una galería de fakes con los que, en privado, se ríe a carcajadas.
Y en Frontera D, Alfonso Armada, reseña el libro de Arcadi Espada En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en Budapest. En sus párrafos, un examen también del trabajo del periodista:
Arcadi Espada es un apóstol de una verdad (por eso resulta persuasiva su definición de la objetividad: “la posibilidad de dar cuenta de los hechos al margen de las creencias”), a la que se puede uno acercar después de mucho decapar, es decir, de mucho trabajar, de mucho arremangarse.

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